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El nene no me come (o come solo lo que él quiere)

 

 

 

 

La lucha centenaria contra el niño que, consideramos, no come bien ya tiene un lugar ganado en la historia universal. Es un lugar común: el adulto ”peleando” para que el pequeño coma “mejor” o “más” o ambas cosas. Son muchos los padres que dan esta pelea a diario y, en general, sin muchos resultados o hasta hay ocasiones en las que son adversos.

La dinámica de este minué con el niño es recursiva. No quiere, nosotros insistimos, lo hace de mala gana, sufre la ingesta y nosotros terminamos perdiendo la paciencia. Así convertimos un momento familiar que debería ser de encuentro y disfrute en una experiencia conflictiva. Solo recordemos momentos de nuestra infancia y seguro recordarán una docena de estas escenas tristemente memorables. ¿Se puede hacer algo para romper este círculo vicioso? Se puede.

En principio, hay que tratar de que se respeten las cuatro comidas principales del día y permitir dos o tres colaciones a lo largo del día (pero alejadas de las comidas y siempre dentro de las opciones saludables). Si logramos que nuestros hijos incorporen estos hábitos cuando son chicos, los acompañarán el resto de su vida.

Una vez que garantizamos al chico las cuatro comidas atendamos si realmente el nene no come. En la mayoría de los casos (y de eso habla este articulo) el chico come, pero no lo que debe ni en el momento que corresponde.

Intentá rememorar la cantidad de “cositas” que come entre comidas. Fuera de las comidas no se debe permitir de ningún modo golosinas, galletitas, jugos con azúcar, alfajores, cereales dulces o confitados y pan. La lista puede ampliarse, pero es importante saber que este tipo de alimentos atenta contra una alimentación saludable.

Esos “comodines” que los chicos toman/roban entre comidas son letales para que coman lo que deben. Es muy difícil comer un arroz integral con espinaca si una hora antes “se clava” un paquete de galletitas rellenas. No hay forma de abrir el estómago si está lleno de grasa y azúcar.

¿Pero qué hacemos ante el clásico lacerante “tengo hambre” cuando todavía falta para la cena? Una opción es lo que haya sobrado de la última comida o adelantarles algo de lo que cenarán. Sin enojarnos y sin que lo que ofrecemos se interprete como un castigo, le damos esa opción y resistimos las insistencias y rabietas para que los dejemos abrir un paquete de snacks o alguna bola de harinas, grasas y azúcares.

Si el chico tiene hambre de verdad comerá lo que le sirvamos. Y si eso que le servimos es saludable o es lo que creemos que debió haber comido el día anterior y no comió, nos garantizamos que el nene coma, pero coma lo que debe y no lo que la opción poco conveniente que él pretenda.

Por eso es importante evaluar las porciones. Anotemos las comidas que ingiere en una jornada promedio y consultemos al pediatra o al nutricionista. Tal vez esté incorporando (hablando de cantidad, no de calidad) porciones correctas que, por algún motivo, a nosotros los padres nos resultan insuficientes. Recordemos que más cantidad no es necesariamente sinónimo de una mejor nutrición. Y, una vez más, insistimos en que forzar a los chicos sobre cuánto deben comer no es una buena idea, sobre todo porque no los ayudamos a respetar su sensación de saciedad, lo que puede traerle consecuencias negativas en el futuro.

Si efectivamente el especialista determina que debería comer más, hay que focalizar qué alimentos saludables acepta mejor y volcar el menú hacia ellos, sin perder por esto las variantes alimentarias. Algo así como: “Bueno, sí, comamos un poquito más lo que te gusta, pero mezclado con otras cosas”. Luego, ordenemos las comidas, que sean entre cinco y seis ingestas, preferentemente en el mismo lugar, sin pantallas y con la oferta bien presentada. Si nosotros como adultos no ordenamos la mesa, el chico tampoco lo hará e incorporará malos hábitos.

Haz lo que yo digo…

No está de más mencionar que no es posible pedirle al chico que coma más verduras si frente a él nos zampamos una porción de papas fritas. El adulto debe comer lo mismo que está ofreciéndole al chico u otra opción saludable. Nada enseña más que el ejemplo.

Si insistimos con esa política de comer en los mismos momentos del día, con una oferta variada y saludable y que las grasas, dulces y fritos sean la excepción y no la regla, en el corto plazo veremos cómo mejoran sus ingestas diarias y como, lentamente, la batalla para que coma va siendo reemplazada por un hábito familiar sustentable. Es decir, salir del lugar de “lo comés porque yo te lo digo” para ir hacia “esto es lo que hay y vas a ver que es rico”. La autoridad se ejerce entonces naturalmente. El menú lo eligen los padres, no los chicos; en el supermercado compran los padres, no los chicos; y así. Sí pueden decidir cuánto comer, pero entre una oferta saludable a determinados horarios, que estipulamos nosotros. Solo necesitamos paciencia, un poco de disciplina personal y mucho amor.

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