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La tentación de las porciones gigantes

Algunos de nosotros nos deleitamos con platos enormes: la pechuga de pollo que desborda del plato, los ravioles que parecen sorrentinos y las milanesas, zapatillas de jugador de básquet. Está claro que nos gusta comer. La gran pregunta es:  ¿nos estamos nutriendo correctamente?

 

La fascinación por los platos XL suele suceder cuando comemos fuera de casa. En muchos casos, las porciones más grandes son comparativamente más económicas que las más chicas y esa parece ser una oferta difícil de resistir para nuestros bolsillos. ¿Por qué conformarte con hamburguesa, papas y gaseosa chica cuando por unos pesos más podés comprar la versión extra grande? El tamaño de las porciones viene creciendo en forma sostenida desde hace unos 40 años. A mediados de 1950, por ejemplo, una famosa cadena de comida rápida ofrecía un sólo tamaño de papas fritas. En 2001 esas papas hubieran sido consideradas “chicas”, ya que las de mayor tamaño tenían tres veces más su peso. Hoy, las “papas grandes” pesan lo mismo que las papas “supersize” (“agrandadas”) de 1998. Es decir cada vez más se agrandan los tamaños de las porciones y, con ellas, naturalmente sus calorías.

El tema es saciar. En la actualidad, las botellas individuales de las gaseosas son de 330 ml a 600 ml respectivamente, hasta 5 veces más que la botellita de principios de siglo.

La tendencia a las porciones gigantes alcanza también a las papas fritas, las hamburguesas, las comidas en los restaurantes e incluso a los paquetes de snacks. Todo ocurre como si en una película de ciencia ficción fuéramos nosotros los que nos encogemos y vemos la comida cada vez más grande.

Una porción más grande significa más cantidad del alimento en cuestión y más del alimento en cuestión significa más calorías (a veces el doble). Pero ese no es el único problema a la hora de controlar el peso: de acuerdo a varias investigaciones, las personas comen más cuando reciben porciones de mayor tamaño. Una vez en nuestro plato nos resulta muy difícil no dejar el plato “limpio”.

Una posibilidad para enfrentar el desafío de las porciones gigantes sería ajustar la ingesta recortando algunas calorías en las comidas subsiguientes, pero sin saltear la comida (como veremos más adelante esta no es una buena idea). No obstante, para ello primero tenemos que ser capaces de reconocer cuándo una porción es más grande de lo que necesitamos.

En un estudio de la Dra. Barbara Rolls, se demostró que las personas a las que se les ofreció la porción más grande de fideos con queso (1000 g) consumieron un 30% más de calorías que quienes recibieron una porción de la mitad de ese tamaño.

Por más sabrosas y económicamente convenientes que nos parezcan las porciones enormes, no siempre hacen la diferencia entre un comensal satisfecho y otro que se queda con hambre. En el estudio de los fideos con queso, tanto los que recibieron la porción de 1000 g como los que recibieron 500 g manifestaron sentir un grado similar de saciedad, a pesar de la diferencia en su ingesta. Menos de la mitad de las personas del estudio se dieron cuenta de que las porciones servidas eran de diferente tamaño. Elegir una porción más chica puede dejarnos igual de satisfechos y con menos calorías. Pensá en eso antes de sentarte a comer.

Sentite mejor

  • En un restaurante preguntá por el tamaño de la porción; si es muy grande, pedí para compartir.
  • Si vas al cine, pedí un pochoclo más pequeño aunque la diferencia de precio te empuje a pedir el más grande.
  • Optá por ensaladas para agrandar la cantidad de comida.
  • Nunca olvides que podés complementar tu comida con una buena fruta de postre.
  • Si te morís por una milanesa napolitana, pensá si realmente necesitas acompañarla con papas fritas.
  • Si ya te sentís satisfecho, pará. ¡No siempre tenés que vaciar el plato!

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