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Los chicos también se estresan

Actividades extraescolares y poco tiempo para el ocio: esta combinación puede generar mal humor y tensión en los niños, que, por sobre todas las cosas, necesitan divertirse.

La vorágine del año, los nervios, las presiones y los cambios de hábitos en mente y cuerpo, pueden conllevar situaciones estresantes que, en general, se atribuyen a los adultos, pero ¿qué pasa con los chicos? Sí, también pueden estresarse.

La tarea del colegio, las actividades recreativas, las visitas y los horarios más rígidos son factores que pueden estresar y hay que evitar que la agenda que les fijemos a los chicos los recargue y los angustie.

Pero, además, hay estar atentos a razones más profundas que pueden generar estrés en la primera y segunda infancia: la separación de sus padres, alguna enfermedad que contraigan los chicos, la posibilidad de bullying en la escuela, dificultades económicas de la familia o, al extremo, situaciones de duelo o de violencia doméstica.

Ayudalos a bajar un cambio. Muchos de los escenarios descriptos no son siempre reconocidos como generadores de estrés, pero pueden provocarlo y por eso es necesario prevenir y ser conscientes de que son cosas que pueden ocurrir. Hay numerosos estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que demostraron la existencia de estrés durante la infancia y como este puede tener consecuencias a futuro.

Entonces, ¡atención, papás y mamás!, podrán  estresarse en sus trabajos, tener días buenos, regulares o malos, pero no dejen de prestar atención a contextos, entornos o hechos particulares que puedan estar siendo perjudiciales para la salud de nuestros hijos.

A veces asumimos que los chicos no entienden bien qué pasa cuando hay algún episodio traumático en la familia, por más banal que sea para los grandes. Y en realidad lo que está ocurriendo es un proceso interno, profundo, que ellos no terminan de expresar en palabras.

La infancia es un momento particularmente sensible en el que situaciones de angustia, que para un adulto no son muy significativas, pueden encontrar terreno fértil para fijarse en el entramado psicológico de un niño. Los chicos son más vulnerables que los adultos.

Cabe aclarar, cualquier situación que perturbe a los más chicos no necesariamente se va a traducir en un trastorno emocional, pero debemos tenerlo presente.

Comprender, hablar, abrazar… Más allá de las cuestiones vivenciales de los niños, debemos respetar los períodos de sueño, mantener una buena comunicación, ser sensible y permeable a las necesidades de los menores, demostrar un buen ánimo frente a los niños, no sobredimensionar cuestiones laborales o de la realidad cotidiana durante los momentos compartidos y mantener relaciones positivas padres-hermanos y familiares cercanos que suelan frecuentarlos.

Estas advertencias no son para asustarse en las casas, sino que tienen el objetivo de fomentar una mirada más atenta de los adultos en el día a día de nuestros chicos. No nos enfrasquemos en nuestros problemas e intentemos no trasladar “las malas ondas” en casa. Los chicos absorben más de lo que imaginamos, incluso nuestras energías. Y, si notamos que hay situaciones que los afectan o nos hacen advertencias en la escuela, no temamos consultar con el pediatra o con un psicólogo para ayudarlo a procesar su estrés y su angustia.

Debemos practicar la buena onda y al menos disimular las dificultades diarias y reservarnos para los más grandes cuestiones que exceden la realidad de los chicos.

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