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Tener una dieta saludable y cuidar la economía, ¡es posible!

Los alimentos son bienes escasos. Su disponibilidad para la población mundial depende de la geografía, pero sobre todo de la política y de la economía. La condición socioeconómica de las personas tiene mucho más que ver con cómo se alimentan que con el país en el que viven, sus tradiciones culturales o sus gustos.

 

 

 

 

El hombre, desde tiempos prehistóricos, se alimenta para subsistir, para satisfacer una necesidad biológica básica. La preocupación principal y más primitiva es la de alcanzar la cantidad de alimento mínima que el organismo requiere para funcionar. Pero con la evolución de la sociedad y con el crecimiento económico, el hombre ya no solo buscó cumplir con el aporte energético en los alimentos, sino que comenzó a priorizar otras cuestiones como el sabor y el placer que otorga la comida  (con el desarrollo de la gastronomía) y más cercanamente con la salud, a través del diseño de dietas equilibradas o adaptadas a  las distintas condiciones médicas que presenta el individuo.

 

Pero aún hoy ocurre que hay un porcentaje de la población que no puede darse el lujo de elegir qué alimentos consume por gusto ni por los niveles nutricionales que tienen. Y es que la economía personal o de cada individuo tiene un papel clave en su dieta. Por eso, termina ocurriendo que una persona de bajos recursos busca alcanzar las calorías necesarias para subsistir, aun cuando la calidad de esas calorías sea baja en términos nutricionales.

Un estudio realizado por la Escuela de Nutrición de la Facultad de Medicina de la UBA y el Centro de Estudios sobre Políticas y Economía de la Alimentación (CEPEA) asegura que alimentarse de manera saludable es mucho más caro que armar una canasta con alimentos de baja calidad nutricional. Llegaron a esa conclusión después de evaluar el costo de una “Canasta Saludable de Alimentos”, armada según lo que aconsejan las Guías Alimentarias para la Población Argentina del Ministerio de Salud.

En esta dieta ideal, dos tercios de las calorías provienen de alimentos puntuados como de “calidad alta”: lácteos, frutas y hortalizas frescas, legumbres, cereales integrales y pastas de sémola. En ese menú sano, otro 20% de las calorías surge de opciones de calidad “intermedia”: pan común, galletitas de agua, harinas blancas, arroz blanco, fideos comunes, papa, batata y choclo. Y el resto son artículos de “calidad baja”, que se deberían limitar: el azúcar y los dulces.

La Canasta Saludable de Alimentos quedó 40,5% más cara que un año atrás y ya supera el doble de los $7.473 ($62 al día por persona) que vale la canasta básica de alimentos del Indec (julio 2018).

En conjunto, según el estudio, los alimentos de alta calidad aumentaron el doble que los de calidad media y dos tercios más que los de calidad mínima.

Y, ante una inflación creciente e ingresos que pierden poder de compra, a los sectores de bajos recursos, comprar alimentos saludables se les vuelve más difícil. Entonces aparece la alternativa de  de reemplazarlos por los de menor calidad, lo que implicará que el organismo tenga deficiencias de vitaminas y minerales que por su composición nutricional terminará contribuyendo a aumentar los riesgos de obesidad y de enfermedades asociadas (como la diabetes entre otras). Todas estas consecuencias de no alimentarse saludablemente porque es más caro, a su vez conllevan más gastos para esa economía familiar deteriorada.

Pero entonces, ¿cuáles son las alternativas con las que cuentan las personas de bajos ingresos para tratar de alimentarse saludablemente? En primer lugar, no gastar en cosas que son caras y de bajísimo nivel nutricional como las gaseosas. El dinero que cuesta una gaseosa puede destinarse perfectamente a comprar dos sachet de leche o un kilo de fruta.

En segundo lugar, hacer inteligencia antes de comprar: programar las compras, armar listas, investigar sobre ofertas son buenas opciones para sacarle el jugo al presupuesto que se dispone para comprar alimentos.

También es importante animarse a cocinar y a probar sabores nuevos. Con un yogur y un litro de leche se pueden hacer seis potes de yogur, que serán mucho más baratos que si los compramos por separado. Hay cortes de carne, cerdo o pollo que no son muy populares, pero que pueden ser alternativas para que estén presentes en nuestra dieta.

Finalmente recurrir a las frutas y verduras de estación. No es muy inteligente querer comer uvas en agosto ni mandarinas en febrero. Si queremos consumir frutas y verduras fuera de temporada, sepamos que las vamos a pagar mucho más caras.

También es posible complementar alimentos de bajo costo con verduras y así aumentar su valor nutritivo.

Lo importante es que, aunque nuestro presupuesto sea limitado, seamos creativos y flexibles para no dejar de comer de manera saludable y no estancarnos simplemente en los fideos, el arroz, la polenta o las galletitas.

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